Desde que leí por primera vez a Isaac
Bashevis Singer, he sentido una infinita curiosidad por todo lo que rodea a los
judíos.
Me acuerdo que sus “Cuentos judíos”
cambiaron la percepción de ese mundo que para mí era tan aburrido como mi
propia religión católica. Todavía me río cuando leo el cuento “El día en que me
perdí” o “Los tontos de Chelm y la carpa estúpida”, o me conmuevo con “Neftalí,
el narrador, y su caballo Sus”.
Ahora, no es que después de leer a Bashevis
Singer me haya interesado por el judaísmo como religión y me diera por hacerme
la circuncisión, celebrar el Yom Kippur o comer solo productos kosher, no, si
mucho me dio por aprender algunas palabras en yidis, como “shlemiel”, persona
quejumbrosa y poco hábil, o “mazel tov”, una expresión con que se desea buena
suerte, y que me gustó tanto que a veces al final de mis correos la ponía en
lugar de la simple palabra “saludos”. La dejé de usar cuando alguien me
escribió que dejara de ser pretencioso, que yo no era judío, que cómo se me
ocurría. Yo, como un estúpido shlemiel, valga la redundancia, le hice caso,
luego me arrepentí porque, después de todo, uno puede beber de aquí y de allá,
leer la Biblia, el Corán o el Talmud y no practicar ninguna de religión.
Casualmente, con el tiempo, empecé a ver
que los escritores que más me gustaban (que me gustan) eran judíos. Aquí la
lista es larga pero digamos que sin Philip y Joseph Roth, Saul Bellow, Stefan
Zweig, Elías Canetti y George Steiner no podría vivir. Mi vida se había
empezado a llenar de judíos heterodoxos que ilustraban y se burlaban muy bien
de la retórica de los judíos ortodoxos, mientras trataban de entender entonces
qué eran ellos en este mundo donde se es o no se es.
Sin embargo, yo seguía sin entender qué era
lo que me gustaba de los judíos. Hasta que leí hace poco la entrevista que le
hizo Laure Adler a George Steiner y que fue publicada bajo el título “Un largo
sábado”. Allí hay un capítulo dedicado al judaísmo y las respuestas de este judío
incómodo fueron más que iluminadoras para mí.
Steiner dice que ser judío significa
pertenecer al pueblo del Libro y querer estudiar, no es una raza, es el deseo
de aprender, es seguir siendo un alumno, es alguien que cuando lee un libro
tiene un lápiz en la mano porque está convencido de que podrá escribir uno
mejor, es rechazar la superstición, lo irracional, más ahora cuando “vivimos en
una sociedad en la que lo kitsch, la vulgaridad y la brutalidad no dejan de
aumentar”. Apenas leí eso estuve a punto de circuncidarme la colita con un tomo
de la Enciclopedia Británica, pero qué va, mejor lo puse sobre mis piernas y lo
abrí para celebrar la dicha de aprender los misterios del ser humano. Luego
volví sobre una línea de un cuento de Bashevis y me regocijé leyendo: “Cuando
pasa un día, ¿qué queda de él? Nada más que una historia. Si no se contaran
cuentos ni se escribieran libros, los hombres vivirían como los animales, al
día”.
La dicha de aprender
02/Ago/2016
El Espectador, Por Diego Aristizábal